El Conejo Malo conquista la CDMX: 16 de Diciembre.


Hace muchos años, cuando mi personalidad dependía de a quién quería agradar o de quién prefería alejarme, la música era una pieza clave en mi identidad. Desde muy joven rechazaba a las personas que me hacían bullying, y con ellas, sus gustos musicales. En aquel tiempo el reggaetón representaba todo lo que ellos escuchaban, así que, por contraposición, adopté el rock y el metal como mis refugios.

Durante mucho tiempo mis argumentos contra el reggaetón fueron los mismos: que si el ritmo era repetitivo, que las letras eran obscenas, que solo la gente “tonta” lo escuchaba… Aunque, en el fondo, había canciones que sí me gustaban, pero nunca me atreví a admitirlo. Ni siquiera tenía el valor de descargarlas en mi celular.

Cuando finalmente me abrí a la idea de disfrutar nueva música, también me abrí a escuchar otros géneros sin pena. Fue entonces, mientras me permitía conocer a nuevos artistas, que comencé a escuchar temas de Bad Bunny. Al principio no me llamaban la atención —algo muy personal—, así que lo dejé pasar. Sin embargo, constantemente escuchaba noticias sobre él: uno de los artistas más criticados que he visto, blanco de burlas por su forma de cantar, su imagen o las letras de sus canciones. Y, de alguna forma, algo en mí lo entendía.

Antes de la pandemia decidí escucharlo con atención, y mi sorpresa fue enorme. Estaba frente a un verdadero artista: alguien que elevó el reggaetón a otro nivel, que no se limitó a lanzar un hit por disco, sino que creó álbumes conceptuales y completos, con letras que podían ser profundas o simplemente celebrar el goce de vivir. Además, sus colaboraciones con artistas de otros géneros mostraban una clara intención de explorar y aportar. En algunos temas como el cual saco junto a Rene de Calle 13, se podía sentir también una crítica social y política que se intensificaría en sus trabajos más recientes. Junto con Tainy, uno de los productores más importantes de la escena, ha creado auténticas joyas musicales.

Tras la pandemia, por fin llegó el momento que muchos esperábamos: Bad Bunny en México, con conciertos en el Estadio Azteca. Lamentablemente no pude asistir; los boletos volaron. Tuve que esperar tres años más hasta que anunció una nueva gira, con DtMF como protagonista. Tenía que estar ahí, tenía que comprobar que Benito era realmente el representante mundial del género.
Gracias a la insistencia (y algo de suerte) conseguí mis entradas para la fecha del 16 de diciembre en el Estadio GNP.

Semanas antes del evento surgió una polémica: Benito traería un escenario adicional llamado “La Casita”, ubicado en la zona General B, donde interpretaría varios de sus temas más bailables. Al principio me preocupé, pensé que eso afectaría la experiencia, pero después entendí que formaba parte del concepto que el “Conejo Malo” buscaba transmitir. Todo tenía sentido.

El día del concierto llegué unos veinte minutos antes de que abrieran las puertas. Ya había una gran multitud tanto en General A como en General B. Entramos unos 25 minutos después, sin contratiempos. Aunque no estuve tan cerca como hubiera querido, el lugar era decente. Esperar tanto siempre cansa, pero al final vale la pena.

Alrededor de las 8 p. m. apareció el grupo invitado, Chuwi, que me sorprendió gratamente. Hicieron que el tiempo pasara rápido y me dejaron con ganas de escucharlos más.

Pasadas las 9 p. m., el estadio estalló: Benito subió al escenario y el público lo recibió coreando su nombre. Lo acompañaba una banda en vivo impecable, y escuchar esos instrumentos en directo fue pura magia. A diferencia de muchos artistas del género que dependen de pistas grabadas, Bad Bunny demostró un dominio total del escenario. Si usó pistas, jamás se notó. Fue una primera parte impecable.

Luego vino el turno de La Casita: los de General A tuvieron que voltear o seguir las pantallas, pero nadie se perdió el momento. Canciones como Tití Me Preguntó, Yo Perreo Sola o Safaera (mi favorita de siempre) hicieron vibrar al estadio. Incluso interpretó Te Mudaste, tema exclusivo del show. La Casita cumplió su propósito: hacer que todos bailáramos.

De regreso al escenario principal, llegó el cierre con DtMF, un mar de emociones y recuerdos. En un momento, Benito pidió al público guardar los celulares y disfrutar el instante y guardarlo en el recuerdo. Creí que nadie lo haría, pero en mi zona todos bajaron el teléfono. Por unos minutos, volvimos a aquellos tiempos donde los conciertos se vivían sin pantallas, solo con el corazón.

Finalmente, cerró la noche con EoO, mi canción favorita del álbum. Dos horas de espectáculo que se sintieron breves, no porque faltara algo, sino porque no queríamos que terminara.

Estoy convencido de que Bad Bunny seguirá callando bocas. Ya no es una moda: es un artista consolidado, un símbolo de la música latina en el mundo. Le deseo lo mejor en su próxima presentación en el Super Bowl, donde seguramente volverá a impactar al planeta entero.