El slam nunca se fue: así se vivió el verdadero Vive Latino.


Inolvidable. Así fue el fin de semana que viví en Vive Latino, mi festival favorito y, en muchos sentidos, un regreso al origen. Hace 13 años asistí por primera vez, y ahí comenzó mi historia con los conciertos: la adrenalina, la conexión con la música en vivo, esa sensación difícil de explicar que con el paso del tiempo y muchos eventos después se había ido diluyendo. Quienes siguen mis reseñas saben que siempre estoy en búsqueda de ese momento que me sacuda de nuevo. Esta vez, decidí ir tras él, aunque no estuviera en los escenarios principales ni en los horarios estelares, sino en las carpas, en esos espacios más íntimos donde muchas veces ocurre la verdadera magia.

El primer golpe de energía llegó con La Orqueska. Sabíamos que habría invitados, pero lo que entregaron superó cualquier expectativa: canción tras canción, aparición tras aparición, armaron un recorrido por la historia del ska en español y, de alguna manera, también por la historia del propio festival. Fue un recordatorio de cómo este género ha sido pilar del Vive y de la comunidad que lo rodea. Por supuesto, los círculos de paz no faltaron: pura celebración colectiva.

Después corrí hacia las carpas en su nueva ubicación para ver propuestas como Alcalá Norte y Los Pream, ambas con el público ideal: entregado, coreando, viviendo cada canción. Pero mi verdadero objetivo era Los Viejos. Aunque los he visto varias veces, nunca en el Vive Latino, y ahora, con nueva baterista, la expectativa era especial.

Lo que ocurrió en esa carpa fue brutal. Desde antes de empezar, la banda ya mostraba ese espíritu cercano, revisando instrumentos, conectando con su equipo sin perder autenticidad. Poco a poco el espacio se llenó. Y cuando arrancaron, no hubo vuelta atrás: el público entendió vibra desde el primer acorde. El slam no paró un solo segundo; fue un regreso a esos Vive de antaño donde la intensidad era ley. Incluso hubo momentos en que la gente arrancó partes del suelo para levantar a otros, una postal caótica pero profundamente simbólica. La aparición invitados como Rata de  Austin TV como invitados terminó de elevar todo. Yo mismo no pude resistirme: me metí al slam y terminé pidiendo esa inyección de energía para seguir.

Más tarde decidí cambiar de ritmo y caminar hacia el escenario principal para ver a Juanes. El trayecto ya era una experiencia en sí: a lo lejos sonaban Los Askis y se escuchaban conversaciones de gente feliz por estar, una vez más, en este festival. Al llegar, la sorpresa fue la cantidad de personas reunidas. Y aún más sorprendente fue la respuesta del público: no se trató solo de corear “La camisa negra”, sino de un viaje completo por su repertorio. Canciones que llevaba años sin escuchar volvieron a cobrar sentido, cargadas de nostalgia.

Regresé después a las carpas para ver a Airbag. Aunque esperaba un poco más de su show en vivo, es innegable su calidad musical y la conexión que lograron con buena parte del público.

El segundo día comenzó más tarde de lo planeado y me perdí el arranque de Malcriada, pero aún así alcancé a ver lo suficiente para confirmar lo que ya sabía: su energía en vivo es arrolladora y altamente recomendable, incluso bajo el calor intenso del mediodía.

Una de mis citas obligadas cada año es Triciclo Circus Band, y esta vez no fue la excepción. Lo que se vivió fue una auténtica fiesta: colores, movimiento, alegría desbordada. Y sí, volví a caer en el slam, en ese “duranguense slam” que los fans de antaño conocemos bien. El Estadio GNP Seguros vibró otra vez.

En 2017 vi a BETA en este mismo festival, y repetir la experiencia confirmó algo que sostengo desde hace tiempo: tienen todo para convertirse en headliners de gran escala. Solo necesitan el impulso adecuado para consolidar su lugar en la escena.

Otro momento destacado fue el show de Dubioza Kolektiv, que convirtió su presentación en un acto de comunión total. Slam, energía y hermandad: eso fue lo que dejaron.

Para bajar revoluciones, me refugié en las gradas del estadio mientras sonaba el proyecto “Música pa’ mandar a volar”, donde artistas populares reinterpretan clásicos. Ver nombres como Amanda Miguel o Paulina Rubio en este contexto es prueba de la evolución del festival: lo que antes parecía impensable hoy forma parte de su identidad diversa.

Desde ahí mismo me quedé para el esperado regreso de Fobia. La carga nostálgica fue enorme también estuvieron en mi primer Vive, aunque lamentablemente el show se vio afectado por fallas de audio que rompieron por momentos la experiencia.

Al final, puedo decir que este Vive Latino me devolvió algo que creía perdido. Volví a sentir esa conexión genuina: la gente celebrando la vida, entrando al moshpit sin miedo, dejando de lado el qué dirán para simplemente vivir el presente.

Leí en redes un comentario que decía: “estos shows los están relegando a escenarios pequeños y horarios tempranos”. Puede que haya algo de verdad en eso, pero también es cierto que el festival es demasiado vasto para abarcarlo todo. Mientras yo vivía estos momentos, colegas y amigos estaban en otros escenarios igual de intensos, viendo a Maldita Vecindad, Cypress Hill o Allison con públicos completamente entregados.

Al final, de eso se trata: de estar ahí, de elegir, de vivir el momento. Porque en el Vive Latino, la experiencia no se mide por el tamaño del escenario, sino por la intensidad con la que decides habitarlo.

Fotografia de @zadok.df