Hay nombres que parecen pertenecer a otra época. Vans Warped Tour es uno de ellos.
Durante años, decir “Warped Tour” en México era hablar de un festival que parecía demasiado lejano. Uno de esos eventos que descubrías por internet, por fotografías, videos o revistas, mientras imaginabas cómo sería algún día estar ahí.
Recuerdo haber conocido el festival y comenzar a escribir en un cuaderno las bandas y artistas que me hubiera gustado ver. También pensar en la escena nacional y preguntarme qué proyectos mexicanos podrían representar a nuestro país en un festival de esas dimensiones.
Hubo momentos en los que incluso parecía que el sueño estaba cerca. Anuncios de posibles llegadas a México, prefiestas relacionadas con el festival, carteles que ilusionaban y hasta boletos que parecían acercarnos a la posibilidad de vivirlo en casa. Pero, de una u otra forma, aquellas ilusiones terminaban desvaneciéndose.
Cuando el Vans Warped Tour anunció su regreso para celebrar sus 30 años, parecía que la única posibilidad de vivirlo sería viajar a otro país. Y entonces ocurrió algo que durante mucho tiempo parecía imposible: a finales de 2025 se anunció oficialmente que el festival llegaría por primera vez a México.
Todavía hubo que esperar varios meses para comprobar que aquel anuncio realmente se convertiría en realidad.
Y finalmente llegó el 12 de septiembre de 2026. El Autódromo Hermanos Rodríguez recibió por primera vez al Vans Warped Tour. Desde antes de las 11 de la mañana ya estábamos listos, esperando uno de los momentos que forman parte de la identidad del festival: descubrir los horarios y escenarios una vez abiertas las puertas.
Y ahí sucedió algo extraño.
Mi yo adolescente de mucha gente apareció y no se fue durante las dos jornadas.
Estaba listo para hacer aquello para lo que siempre había imaginado este festival: entrar a los mosh pits, destrozarme la garganta cantando con mis bandas favoritas, descubrir nuevos proyectos y, sobre todo, vivir una experiencia que durante años solamente había podido imaginar a través de una pantalla.

Día uno: cumplir pendientes de hace más de una década.
Llegué temprano. La experiencia de tantos festivales en México me hizo sacar todas esas mañas que uno aprende con los años: revisar horarios, ubicar escenarios, pensar en los traslados y tratar de organizar el día antes de que comenzara.
La realidad es que llegué prácticamente sobre la hora de la revelación. Cuando comenzó la cuenta regresiva corrí con mi cámara en mano, listo para marcar horarios y comenzar a construir mi ruta. Pero los nervios me ganaron. Apenas alcancé a identificar una de las primeras bandas que quería ver: Don Tetto.
Y para mí aquello tenía un significado especial. Una exnovia fue quien me enseñó a escuchar a esta banda colombiana hace muchos años. Desde entonces siempre había existido esa pequeña deuda pendiente de escucharlos en vivo.

Ahí estaba finalmente.Por un momento, el paso del tiempo pareció detenerse. Sí, los años se notan: en los músicos, en el público, en las voces y en nosotros mismos. Pero durante esas canciones regresé a una época de hace más de diez años.
Después solamente pude escuchar algunas canciones de BLNKO, uno de los representantes mexicanos que además formó parte de algunas fechas estadounidenses del tour. No podía quedarme demasiado tiempo: tenía que correr para llegar a PERRA BRAVA.

El dúo fue, personalmente, una de las propuestas que más esperaba de la escena nacional.
Su presentación comenzó con algunos problemas de sonido que, lamentablemente, se convertirían en una constante en ese escenario durante diferentes momentos del festival. Aun así, había algo evidente frente a nosotros: dos artistas jóvenes con la energía y las ganas suficientes para comerse el escenario.
Después tocaba cumplir otro pendiente. The Aquabats!
Antes de llegar a su presentación todavía pude escuchar parte de Goldfinger. Desde mi posición podía ver un público completamente entregado, bailando y cantando.
Cuando comenzó a desalojarse el espacio me coloqué lo mejor que pude. No esperaba lo que iba a suceder.
Poco a poco, el público comenzó a llenar el lugar. Y mientras la gente llegaba, también aparecía una imagen que parecía resumir perfectamente el espíritu del festival: integrantes de la banda ayudando con algunas tareas, como si fueran una agrupación emergente a punto de comenzar su primer concierto. Pero no lo eran.
Salieron puntuales, con sus característicos trajes e instrumentos, listos para convertir el escenario en una fiesta. Y vaya que lo hicieron.
La interacción con el público fue total. Musicalmente estuvieron impecables y la presentación terminó convirtiéndose en una mezcla completamente absurda —en el mejor sentido posible— de slam, pizzas, tiburones, superhéroes, pollos locos y muchísimo amor.

¡Que vivan The Aquabats! Me quedé con ganas de más. Por las limitaciones de tiempo de un festival, quedaron fuera muchas canciones que me hubiera encantado escuchar, así que solamente espero que algún día decidan regresar a México para ofrecer un concierto completo.
Después simplemente me dediqué a recorrer el festival. Pude pasar por presentaciones de Raue, Saosin, Allison y Here Comes the Kraken, además de detenerme en algunos momentos para disfrutar las actividades de skateboarding.
Pero todavía quedaba una presentación que tenía marcada desde antes de entrar. The Devil Wears Prada.

Fue una de esas bandas que formaron parte de mi adolescencia y que, con el paso de los años, he podido ver evolucionar. Han pasado por distintas etapas y su sonido también ha cambiado. Personalmente, extraño parte de aquel metalcore que los caracterizó durante tantos años, pero eso no evitó que su presentación me atrapara por completo.
Cuando llegó una de mis canciones favoritas, todo terminó de encajar. Mosh pit, headbanging y una garganta que al final del día ya no quería colaborar. Así terminó mi primer día.
Día dos: El ultimo y nos vamos.
Para el segundo día solamente tenía una banda realmente marcada en mi agenda. Angel Du$t. Por cuestiones personales pensaba que no podría llegar antes de las 3 de la tarde. Al final terminé llegando alrededor de las 2. Y qué bueno que lo hice.

La primera presentación que pude disfrutar fue la de DeathbyRomy, un proyecto que me dejó con ganas de conocer mucho más. Su manera de interpretar las canciones y la presencia sobre el escenario consiguieron atraparme desde el primer momento.

Después pude ver parte de la presentación de Emery. No llevaba demasiadas expectativas y terminé encontrándome con una de esas actuaciones que te sorprenden. Hubo un músico cuya actitud sobre el escenario llamó particularmente mi atención; no necesariamente por estar por encima de sus compañeros, sino por esa capacidad de transmitir algo que te hace querer seguir observando.

Pero mi cabeza ya estaba en otro lugar. Me dirigí al escenario donde se presentaría Angel Du$t y, durante la espera, pude disfrutar a Bad Cop/Bad Cop.
El “girl power” estaba presente y la banda consiguió poner a bailar a buena parte del público con su punk y actitud. Fue una de esas sorpresas agradables que aparecen cuando un festival te obliga a moverte entre escenarios.
Y entonces llegó el momento. Angel Du$t.
Carajo.
Fue exactamente lo que esperaba.
Una fiesta.
Un mosh pit prácticamente permanente, canciones que quería escuchar, músicos completamente entregados y un vocalista buscando constantemente la interacción con el público. En un país donde todavía existen muchas limitaciones para que los asistentes puedan subir a los escenarios, la banda encontró otras formas de acercarse. El vocalista bajó del escenario para interactuar directamente con sus seguidores y con quienes seguramente estaban descubriendo a Angel Du$t por primera vez.

Y eso también es parte de la magia de un festival como este. No solamente vas a ver a las bandas que ya conoces. También sales con nombres nuevos que probablemente terminarán sonando en tus audífonos durante los siguientes días. Yo, al menos, salí completamente satisfecho.
Después continué recorriendo el festival y pude ver parte de la presentación de Pennywise, que también terminó siendo una de esas actuaciones que disfruté especialmente.
Más tarde llegó el momento de comer, descansar y guardar un poco de energía.
Porque todavía faltaba una última presentación.

Tungas. La banda mexicana había anunciado su despedida y esta presentación representaba uno de sus últimos grandes momentos frente a un público de estas dimensiones. Y se sintió. La banda se entregó. Pero el público se entregó todavía más.
Fue uno de esos conciertos en los que resulta imposible no mirar alrededor y pensar en todo lo que una banda puede significar para una escena. Hubo abrazos, gritos, canciones cantadas a todo pulmón y, seguramente, más de una lágrima.
Tungas se despedía de los grandes escenarios dejando una sensación agridulce.
Triste, sí. Pero también orgullosa. Porque no todos tienen la oportunidad de despedirse así: frente a un público que todavía quiere seguir cantando sus canciones.
Lo que se puede mejorar
Siendo la primera edición del Vans Warped Tour en México, era inevitable encontrar aspectos que necesitan trabajo.
El primero fue el espacio destinado a algunas actividades.
El llamado callejón de los artistas se sentía pequeño frente a lo que uno espera de un festival de esta naturaleza. También hubo pocas actividades para el público en comparación con todo lo que históricamente representa el Warped Tour: música, skate, comunidad, marcas y cultura alternativa. El festival presume precisamente esa mezcla como parte de su identidad, por lo que en futuras ediciones sería interesante verla crecer en México.
También estuvo el problema del terreno.
Las lluvias dejaron algunas zonas en condiciones complicadas y, con el paso de las horas, apareció un olor a estiércol bastante fuerte en determinadas áreas. No fue solamente una percepción personal: otros asistentes y medios también señalaron este problema durante la primera edición.
Y después está el Corona Cero Stage.
Aquí tengo que ser especialmente crítico.
El escenario se sentía demasiado apartado. Llegar hasta él podía convertirse en toda una odisea y, una vez ahí, la producción no parecía estar a la altura de las bandas que fueron colocadas en ese espacio.
El sonido tuvo momentos complicados y la ausencia de pantallas hacía todavía más difícil seguir las presentaciones desde determinadas posiciones.
Es cierto que los escenarios pequeños forman parte de la historia del Vans Warped Tour. Pero una cosa es tener un escenario pequeño y otra muy diferente es dar la impresión de que quedó prácticamente a su suerte.
Lo más curioso es que precisamente ahí ocurrieron algunos de los momentos que más disfruté del festival.
Incluso había una pista de skate cercana que, desde mi perspectiva, pudo aprovecharse mucho más.
Son detalles.
Pero son detalles que pueden marcar una gran diferencia en una segunda edición.

Entonces… ¿valió la pena?
Sí.
Después de tantos años imaginando cómo sería estar en un Vans Warped Tour, finalmente pude caminar por uno.
Pude entrar a sus mosh pits.
Pude fotografiar algunas de las bandas que durante años solamente había visto en videos.
Pude descubrir artistas nuevos.
Pude reencontrarme con música que me acompañó durante mi adolescencia.
Y, sobre todo, pude hacerlo en México.

La primera edición no fue perfecta. Hubo problemas de producción, espacios que pudieron aprovecharse mejor, dificultades con el terreno y decisiones de distribución que seguramente tendrán que revisarse.
Pero también hubo algo que ninguna de esas cosas puede quitar:
El Vans Warped Tour finalmente llegó a México.
Y eso, para quienes crecimos viendo fotografías y videos del festival desde este lado de la frontera, tiene un peso diferente.
Durante dos días, el Autódromo Hermanos Rodríguez se convirtió en ese lugar que durante años solamente existió en nuestra imaginación.
Mi yo adolescente estuvo ahí.
Y creo que eso es lo que más me llevo.
Ahora solo queda esperar qué sigue.
El sitio oficial del Vans Warped Tour ya mantiene a Ciudad de México dentro de sus destinos, aunque todavía no se han publicado oficialmente las fechas mexicanas de 2027.
Así que, por ahora, solamente puedo decir:
Nos vemos en el próximo Vans Warped Tour.
Y esta vez ya sabemos que el sueño sí puede volver a casa.

Fotografia de @zadok.df

